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el camino

1928, el año iniciaba con el viajero que no supo volver y tampoco supo quedarse, es que no supo ni ir ni volver, todo él un inconforme con todo se encontraba estancado como el agua de lluvia en las canaletas sucias de los tejados arcillosos, creadores de paisajes y musgo. Quién era él para exigir honestidad, no tenía mucho que decir, había dejado atrás un hijo que nunca conoció, una mujer que nunca supo ser suya y un sofá que no supo decir lo que sabía.
Cuando cerca del este y lejos de los nevados alegóricos buscó el amor que no supo dar, el abrazo que siempre evitó y las caricias inmerecidas, el tiempo iba cobrando sus deudas y él no podía si no pagarlas con creces, no hay nada peor que ser un moroso del tiempo, aquel implacable contador que cuadra todos los balances y nunca llega tarde a cobrar.
El viejo fugitivo, ese traidor no siempre la tuvo cuesta arriba, un día caminaba rumbo al pobre oficio que consiguió como pintor de paredes envejecidas mucho más que él, mucho menos que la seca tierra del suelo dónde había elegido vivir, ese día encontró en su camino una mujer hermosa, mucho más joven que él, no se interesó en prestarle atención, pero ella no sabía eso, bastó una mirada para que descubrieran que su futuro tendría más un ir y venir.
A partir de ese día todas las mañanas, excepto aquellas en las que él debía guardar reposo por su aquejada salud, las miradas estaban ahí implícitas a las 9:45, minutos después de dejar el tren, era esa la hora exacta en la que los ojos negros de la pálida dama encontraba los castaños ojos tristes del forastero circunstancial.
Cuatro años pasaron sin más que una mirada y un eventual "buen día" respetuoso de ambas partes, todos los días, cuatro años son demasiados para retener un deseo que no dependía de ellos, no tenían mucho que perder, pero si mucho que ganar, el día que él decidió irse de las tierras bajas tomó valor para acercarse y sin palabras hizo lo que la mujer esperaba desde hace cuatro años, le arrancó un beso que no pertenecía a los labios sino a los cuerpos completos, a los dos cuerpos impacientes el uno del otro.
Él se la llevó a la estación de tren, no hacía falta palabras para saber que es lo que ambos querían, fueron a casa hicieron maletas y se marcharon para siempre.
No volvieron a ver atrás, el pasado les traía malos recuerdos a los dos, él y su vida de forastero, ella y su soledad, supieron vivir lejos de todos y cerca de todo, el olvido era imposible, la soledad un estado temporal, ella supo aceptar lo que él no sabía olvidar, él supo ahuyentar las soledades, nadie supo donde fueron ni si fueron felices, solo se sabe que se atrevieron a vivir.

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