Me
encontraba en una de los viajes de negocio a los que mi empresa me
tenía acostumbrado, después de un día aburrido lleno de charlas
infructuosas salí a conocer la ciudad, guardaba una ilusión de encontrar
lugares interesantes, pero ésta ciudad calurosa y húmeda no me dió lo
que esperaba, tampoco me alineaba con la ciudad, un lugar de baile
tropical como su especialidad opuesta totalmente a mis gustos, además de
no gustarme bailar había que enfrentar el caso, era un viaje de negocios
muy aburrido.
El segundo día no prometía nada interesante más que cerrar contratos, un día menos para volver a la soledad de mi departamento, que en esta ocasión me resultaba más exitante que seguir en este infierno sin mares cercanos, ciudad a la que no esperaría volver nunca, de no ser por los hechos que acontecieron en uno de esos giros que la vida da sin pedirnos permiso. Salía hacia el hotel y decidí tomar un taxi, no pude tener una mejor idea sino hablar con alguien que todos los días recorre esta ciudad y seguro conoce algunos secretos interesantes. Don Julio, el taxista resultó ser uno de los pocos habitantes de esta ciudad que sabía dónde divertirse, un amable señor que rondaba los 60 supo mostrarme el mundo detrás del mundo que se oculta en todas las ciudades y esta no era la excepción.
La cerveza no es mi bebida preferida, pero el tiempo me ha enseñado que es una forma de socializar más que una bebida y que cada lugar tiene su preferida, aunque no siempre existan razones para preferirla. Aprendí en este viaje que los lugares con apariencia aburrida suelen ser divertidos por dentro, descubrí la parte interesante de una ciudad aburrida en un principio.
De repente Verónica, bella y coqueta salía de dormir la siesta, la oscuridad excluyó su belleza del ambiente por un momento, no había visto o no me había fijado en una morena así antes, salió como hipnotizada y vino directamente a nuestra mesa, nos miró, se sentó a mi lado y a modo de caridad me pidió al oído que me acueste con ella, que le hacía falta dinero, pregunté por el precio de su cuerpo y me respondió con el precio de su arte, pagué y le pedí que me acompañe por el tiempo que nos habría tomado ir a la cama y volver, aceptó soltando una lágrima que quiso hacer imperceptible, desde ese momento se convirtió en una dama, a pesar que su edad no mostraba rasgos de madurez me dió a entender que ese poco tiempo le bastó para aprender de la vida, el teatro de las calles y la necesidad, éramos dos actores, mi papel, yo un exitoso ejecutivo en busca de emociones, mi presencia en ese lugar... coincidencial producto de la curiosidad y un taxista vividor. Don Julio me avisa que se tiene que ir, es hora de volver a casa, él a su casa, yo a mi hotel, Verónica a su habitación, con su cliente de turno. No sé en qué momento la relación productor/consumidor se tornó en algo personal, no sé... Ella me pidió que la lleve conmigo, a mi me comenzó a interesar la idea, sospeché que su edad nos complicaría cualquier plan al respecto y consciente que me quedaba poco tiempo en esta ciudad le dejé mi tarjeta, quien sabe eso que la gente llama destino tal vez estaba interviniendo.
El último día tenía que ir al aeropuerto, pensé que la persona más adecuada para llevarme era Don Julio y lo llamé, él no había vuelto por el burdel de Verónica, yo no tuve el tiempo para volver a plantearme ir. Esperaba el taxi en la puerta del hotel y me parece haber visto una silueta igual a la de Verónica, pero vendía artesanías, aproveché y me acerqué a comprar un par de recuerdos, tal vez la luz del día me hizo dudar pero aseguraría que fue Verónica quien me vendió los collares y pulseras que traje de recuerdo, le dije que me gustó mucho las cosas que hacía y quería pedirle un par de cosas extras cuando vuelva, me dio su e-mail.
Volví una vez por negocios, pero no era el ejecutivo exitoso del cual inventé historias, tampoco pude contactarme con Don Julio. Sí, escribí al e-mail que me dió la falsa Verónica inventando alguna excusa para armar una conversación, sólo obtuve una respuesta varios meses después de mi último viaje, el mensaje decía “Gracias por el dinero ahora puedo hacer collares, Julio te manda saludos”
Ahora prepara la cama para dos
El segundo día no prometía nada interesante más que cerrar contratos, un día menos para volver a la soledad de mi departamento, que en esta ocasión me resultaba más exitante que seguir en este infierno sin mares cercanos, ciudad a la que no esperaría volver nunca, de no ser por los hechos que acontecieron en uno de esos giros que la vida da sin pedirnos permiso. Salía hacia el hotel y decidí tomar un taxi, no pude tener una mejor idea sino hablar con alguien que todos los días recorre esta ciudad y seguro conoce algunos secretos interesantes. Don Julio, el taxista resultó ser uno de los pocos habitantes de esta ciudad que sabía dónde divertirse, un amable señor que rondaba los 60 supo mostrarme el mundo detrás del mundo que se oculta en todas las ciudades y esta no era la excepción.
La cerveza no es mi bebida preferida, pero el tiempo me ha enseñado que es una forma de socializar más que una bebida y que cada lugar tiene su preferida, aunque no siempre existan razones para preferirla. Aprendí en este viaje que los lugares con apariencia aburrida suelen ser divertidos por dentro, descubrí la parte interesante de una ciudad aburrida en un principio.
De repente Verónica, bella y coqueta salía de dormir la siesta, la oscuridad excluyó su belleza del ambiente por un momento, no había visto o no me había fijado en una morena así antes, salió como hipnotizada y vino directamente a nuestra mesa, nos miró, se sentó a mi lado y a modo de caridad me pidió al oído que me acueste con ella, que le hacía falta dinero, pregunté por el precio de su cuerpo y me respondió con el precio de su arte, pagué y le pedí que me acompañe por el tiempo que nos habría tomado ir a la cama y volver, aceptó soltando una lágrima que quiso hacer imperceptible, desde ese momento se convirtió en una dama, a pesar que su edad no mostraba rasgos de madurez me dió a entender que ese poco tiempo le bastó para aprender de la vida, el teatro de las calles y la necesidad, éramos dos actores, mi papel, yo un exitoso ejecutivo en busca de emociones, mi presencia en ese lugar... coincidencial producto de la curiosidad y un taxista vividor. Don Julio me avisa que se tiene que ir, es hora de volver a casa, él a su casa, yo a mi hotel, Verónica a su habitación, con su cliente de turno. No sé en qué momento la relación productor/consumidor se tornó en algo personal, no sé... Ella me pidió que la lleve conmigo, a mi me comenzó a interesar la idea, sospeché que su edad nos complicaría cualquier plan al respecto y consciente que me quedaba poco tiempo en esta ciudad le dejé mi tarjeta, quien sabe eso que la gente llama destino tal vez estaba interviniendo.
El último día tenía que ir al aeropuerto, pensé que la persona más adecuada para llevarme era Don Julio y lo llamé, él no había vuelto por el burdel de Verónica, yo no tuve el tiempo para volver a plantearme ir. Esperaba el taxi en la puerta del hotel y me parece haber visto una silueta igual a la de Verónica, pero vendía artesanías, aproveché y me acerqué a comprar un par de recuerdos, tal vez la luz del día me hizo dudar pero aseguraría que fue Verónica quien me vendió los collares y pulseras que traje de recuerdo, le dije que me gustó mucho las cosas que hacía y quería pedirle un par de cosas extras cuando vuelva, me dio su e-mail.
Volví una vez por negocios, pero no era el ejecutivo exitoso del cual inventé historias, tampoco pude contactarme con Don Julio. Sí, escribí al e-mail que me dió la falsa Verónica inventando alguna excusa para armar una conversación, sólo obtuve una respuesta varios meses después de mi último viaje, el mensaje decía “Gracias por el dinero ahora puedo hacer collares, Julio te manda saludos”
Ahora prepara la cama para dos

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