El viernes fue un día cóncavo y un poco convexo, no se si hubiera querido que sea diferente, solo fue así.
La mañana y las sábanas se enredaron en mis pies y jugaban con mi inquietud por salir hacia el conjunto de bloques hacia donde me dirijo casi todos los días.
La salud de vez en cuando me tiene en un sube y baja desgastante y algo incómodo, pero no le vamos a poner la otra mejilla a los días sin sol, suficiente con lo que ya ha.
La mañana fue un clásico, los pendientes y los dependientes que iban y venían servían como morfina para las preocupaciones.
Por el ombligo del día hacia falta luz y vitamina e, además un wrap de pollo para acompañar al cumpleaños de Silvia que es una buena amiga (gracias por el alfajor, duró poco)
La tarde componía una extraña buena onda en la oficina, no había desgastantes discusiones ni presiónes de los rondantes, de pronto entendí que hoy era la despedidda de muchos de los que ahí trabajan, conviven, viven y hasta se desviven, son las despedidas de ajenos que no conosco, soy algo así como un invasor de un metro cuadrado, como un arroyo en el Sahara que solo existe por momentos, también pronto me iré, pero no habrán despedidas solo adioses.
Mi preferencia por irme a casa temprano también fue invadida, los amontonamientos de pretextos dejados todos para un viernes limitante. Me sentí invadido, mi politica personal de no aceptar cambios un viernes fue burlada, mi paciencia parecía diluirse por momentos. Al final nada más placentero que dejar mi metro cuadrado con un teléfono inflamante gritando mi nombre, sonrisa en mano me encontré atrapado por la puerta que nunca vi cerrada, detrás de ella la misma banda de estación del subte se hacia presente, la misma canción solicitando un "I wish you were here" dentro de mi pensaba en el donde, cuando sortié el encierro decidí quedarme a escuchar.
Me pareció extraño escuchar la ciudad de la furia desde su adentro, junto a la banda el vendedor de cositas no identificadas, yo le decía a la oficina que el lunes me verá volver mientras el camión levantaba la basura y decia que ya no hay más fábulas en la ciudad de la furia.
No podía dejar el camino sin fijarme en el cantor subterráneo del fantasma de canterville, hicimos un dúo, pensamos lo mismo, hubo un trueque el me dió música, yo una moneda.
Cuando llegué a casa se habían ido las ganas de escribir, sólo quería un poco de confort y música para volar.
Desde acá Buenos Aires se ve tan suceptible
La mañana y las sábanas se enredaron en mis pies y jugaban con mi inquietud por salir hacia el conjunto de bloques hacia donde me dirijo casi todos los días.
La salud de vez en cuando me tiene en un sube y baja desgastante y algo incómodo, pero no le vamos a poner la otra mejilla a los días sin sol, suficiente con lo que ya ha.
La mañana fue un clásico, los pendientes y los dependientes que iban y venían servían como morfina para las preocupaciones.
Por el ombligo del día hacia falta luz y vitamina e, además un wrap de pollo para acompañar al cumpleaños de Silvia que es una buena amiga (gracias por el alfajor, duró poco)
La tarde componía una extraña buena onda en la oficina, no había desgastantes discusiones ni presiónes de los rondantes, de pronto entendí que hoy era la despedidda de muchos de los que ahí trabajan, conviven, viven y hasta se desviven, son las despedidas de ajenos que no conosco, soy algo así como un invasor de un metro cuadrado, como un arroyo en el Sahara que solo existe por momentos, también pronto me iré, pero no habrán despedidas solo adioses.
Mi preferencia por irme a casa temprano también fue invadida, los amontonamientos de pretextos dejados todos para un viernes limitante. Me sentí invadido, mi politica personal de no aceptar cambios un viernes fue burlada, mi paciencia parecía diluirse por momentos. Al final nada más placentero que dejar mi metro cuadrado con un teléfono inflamante gritando mi nombre, sonrisa en mano me encontré atrapado por la puerta que nunca vi cerrada, detrás de ella la misma banda de estación del subte se hacia presente, la misma canción solicitando un "I wish you were here" dentro de mi pensaba en el donde, cuando sortié el encierro decidí quedarme a escuchar.
Me pareció extraño escuchar la ciudad de la furia desde su adentro, junto a la banda el vendedor de cositas no identificadas, yo le decía a la oficina que el lunes me verá volver mientras el camión levantaba la basura y decia que ya no hay más fábulas en la ciudad de la furia.
No podía dejar el camino sin fijarme en el cantor subterráneo del fantasma de canterville, hicimos un dúo, pensamos lo mismo, hubo un trueque el me dió música, yo una moneda.
Cuando llegué a casa se habían ido las ganas de escribir, sólo quería un poco de confort y música para volar.
Desde acá Buenos Aires se ve tan suceptible
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